lunes, 9 de noviembre de 2015

Lux-pasión

Si viste magia en mis pies,
en mi pecho estuvo el truco.
Que por no perder la fe,
conseguí todos los frutos...

Los que no iban a crecer
por quien no quiso creer:
el truco del almendruco.

Me dijeron: ''No podrás''.
Yo les dije: ''Mírame''.
Me caí y me sollé,
me repuse, fui a por más.

Ironías de la vida:
un corazón cabezón.
''Que quiero jugar al fútbol''
y una y otra vez: ''Que no''.

''Que no pudiste, pequeña,
ni ahora puedes, ni podrás.
Pequeña niña que sueña...
Si te caes, tú sabrás.''

Y yo supe que en la vida
me iba yo a resignar.
''Mejor serán cien caídas
que no volver a caer más.''

Saqué de esquina mi sueño,
lo defendí contra el miedo,
despejé todas las dudas,
me sentí tocar el cielo.

Doctor Garfio, va por ti,
mis alas querías cortar,
tú no creíste en mí
y ahora me ves volar.

Ahora mi pasión me escuda,
mi seguridad es de hierro;
regateo los obstáculos,
a mis fantasmas entierro.

Paso y corto en un suspiro,
me desmarco por la banda,
recibo, amago, tiro:
marco por toda la escuadra.

Desde entonces todo cuadra
y sé que pocos lo entienden.
Os desvelaré mi truco:
Que nadie apague en tu vida
lo que por dentro te enciende.


Meteorología empática

A esa amiga del alma que siempre hace de las tormentas un pequeño chaparrón.
Siempre unidas en los contra-tiempos.



Hoy está triste y el tiempo la acompaña,
las nubes lloran de su sonrisa la ausencia
con lágrimas que el cristal empañan
y colman el vaso derramando la paciencia.

El viento trae recuerdos que al corazón arañan
y arranca sin permiso lo que tanto quería,
la felicidad se ha escondido tras la niebla que engaña,
y a pesar de todo... Mañana será otro día.

El sol saldrá con ganas
y a ella le cederá un poco.
Por ver su sonrisa digo que no llueve mañana
pero no entiendo del tiempo y quizás me equivoco.

Quizás la lluvia escuece,
quizás el viento quema, 
quizás mañana nos empapamos de problemas
y la nostalgia crece y crece.

Quizás, poco es seguro.
Quizás siga doliendo y sólo vea un muro,
quizás el cristal empañado no le deje ver el futuro
pero no estará sola; lo juro.

Quizás aún mañana el tiempo no vuelva a la calma,
y siga lloviendo y ella llorando, y agua y más agua,
quizás no pueda más y le duela el alma
pero seguiré aquí con ella y llevo paraguas.





Cuatro letras.

¿Qué es la vida? Es escribir,
sobre una historia ya perfilada.
Empezar aunque ya sepas el fin,
hacer como si nada.
Mejorar a tu personaje página tras página, día tras día,
renglón a renglón, y tras cada borrón,
empezar la cuenta nueva contando amigos
con los dedos de las manos y sobrando un montón.
Que se raspe las rodillas con cada caída en cada escalón,
y que siga subiendo peldaño a peldaño con igual valor.
Y que tenga el valor de perderse en un cruce
y pararse a buscar un camino mejor;
y si faltan las ganas a veces que una voz le aliente
y unos brazos fuertes le den un pequeño empujón.
 Y que ame no sé cuantas veces, a besos,
y a veces no sea lo mejor.
Y así darle valor al amor verdadero 
para luego ofrecerlo al mejor postor.
Que ayudando a los otros se ayude a sí mismo,
y, asimismo, se quiera con su imperfección.
Que construya la mejor historia
 con lo que le dieron y lo que logró;
y esa historia interfiera en otras historias
 para hacer de ellas algo mejor.
Y cuando todo eso haya pasado,
                                                                                                   que se acabe el libro y lo firme el autor;
que si su historia trasciende en los años
y nunca se olvida, él nunca murió.

Todo lo que quedó en el tintero

Antes de que todo se turbara
hubo colores: 
rojo, amarillo, azul...
incluso verde,
verde esperanza. 
(Ahora mira y observa la balanza)

Antes de que todo se turbara

en los corazones, 
nos quisimos y mucho, 
y mutuamente:
mente a mente.
Y...lentamente...

...A veces me soplabas al oído,

sin yo saberlo,
que merecía la pena y mucho
ser una entre cientos.
(Y si digo que dijiste cientos 

en lugar de miles, miento)

...Y no te miento.

Nos sentimos capaces
de tocar el cielo...
...dejándonos los pies,
ilusos, en el suelo.
(Y suelo reprochármelo 

en cada desvelo)

Y atentos estuvimos

de mutuos desvelos
y los miedos del otro
cogimos de los pelos.

Y por los pelos

nunca fuimos siempre
y siempre fuimos 
un incierto adverbio de tiempo.

Y ahora que pasa el tiempo

y el tiempo mejora,
no veo sólo nubes,
también el sol brilla
y muchas horas.

Y si éste fuera el último

sólo te pido una cosa:
que olvides las espinas 
y te quedes con la rosa.

Y rosa, azul o verde,

te pido que recuerdes...
lágrimas no, sonrisas;
lluvia tampoco, brisa.

Y en esta noche

tan limpiaparabrisas...
admito que te quise
y me quedo con tu risa.
                                                                        
                                                                         

                                                             Te perdono, amor fallido.
                                                               El intento siempre deja algo bueno.
                                                            Gracias.



 


Cómo sobrevivir a un lunes sin morir en el intento

(Un lunes cualquiera de primero de bachillerato)
Primero asimila que no puedes evitarlo. Por más que te escondas bajo tu mantita seguirá siendo lunes. Tarda unos 7 segundos, nunca más de 7 segundos aguantando esa odiosa alarma que te propone levantarte bailando. Tu cuerpo tendrá otros planes muy distintos a ese pero ponle más ganas y consigue salir de la cama y caminar hasta el cuarto de baño. Anda despacio y casi sin levantar los pies del suelo, quizás, si no haces ruido, la vida no percata tu existencia y te deja vivir. Échate agua en la cara  sin establecer contacto visual con el espejo, eso sería demasiado arriesgado. Eso, tú no me hagas caso, ¿esto es lo que querías, descubrir que tu pelo, o lo que queda de él, tiene libertad de expresión? Pues sí, la tiene, y hoy no está dispuesto a quedarse quietecito. Mientras tú duermes, él sale de fiesta y ahora ha caído puyero, no le culpes. Ahora ve a despertar al insecto que dormita en la habitación de enfrente y se hace llamar tu hermano. ‘¿Quieres dejarme ya, coño? Ya voy, no estoy sordo.’  Aprovecha para pedirle que te deje esa sudadera que tanto te gusta. ‘¿Qué es una sudadera? Déjame en paz. Su respuesta a las 7 de la mañana siempre será afirmativa. Ya tienes la sudadera, ahora vístete. No intentes peinarte, hacer la mochila será más productivo. Coge el bono bus y sal por la puerta, sin la mochila. Aprovecha que pasa ese vecino del perrito que nunca te saluda para reírte a carcajada limpia de ti misma y de su cara de cirujano. Vuelve a entrar. Procura salir con la mochila. En caso contrario, acude a un especialista. Ponte música mientras de diriges a la parada intentando seguir el ritmo de la canción pertinente. Siempre será demasiado lenta o demasiado rápida, no intentes entenderlo. En tu paso casi ficticio veloz y descompasado pisa una mierda. Te recordará durante las 6 horas de clase lo afortunada que eres y tu compañero de mesa se acordará de tus padres. Acuérdate entonces de que empiezas el día con gimnasia. Exclama: ¡Mierda! El vecino y su perro pasarán por tu lado y te darán la razón entre risas. Llega a la parada con vida y sin haber matado a nadie. Al menos inténtalo.  O mejor todavía, mátate por llegar a un autobús cuyos planes no son esperarte. Correr con mochila te hará sentir estúpida y al subir todos los pasajeros te miraran con cara de ‘Enhorabuena amiga, pero aunque ahora te falte un pulmón te toca ir de pie.’ No mires desesperada en busca de un asiento, mantén tu dignidad y quédate de pie junto a la puerta, como si no te importara en absoluto. Cuando se acerque tu parada pulsa el botón rojo descubriendo que ya estaba pulsado. Siéntete imbécil. Después recuérdate a ti misma que hace poco que descubriste que la tabla de planchar no quemaba. Apúntate en la mano la palabra: ‘ESPECIALISTA’. Duda de tu memoria y añade a continuación: ‘LLAMAR’. Si te pregunta alguien durante el día diles que se ha estropeado la persiana del salón y tienes que recordarle a tu padre de llamar a… y que persianista te sonaba demasiado a músico. Bájate en el hospital y camina más lento cuanto más te acerques a la puerta del instituto. Convéncete a ti misma de que no puedes huir en globo aerostático y entra. Sube hasta tu clase con cuidado, ya tiraste una vez a una profesora en esa misma escalera. Ríete cuando llegues a ese tramo. Un niño de metro y medio de 1ºESO te mirará asustado. Dile que cuando llegue a bachillerato lo entenderá. Entra a tu clase con cara de lunes. Los que se resisten a tener cara de lunes soltarán un: ¡Buenos días! Di: ‘Igualmientes’ lo suficientemente rápido como para que entiendan lo que quieren entender. ‘Qué frío’ o ‘qué sueño’ pueden ser las frases claves para calmar la tensión. Guárdate un ‘qué hambre’ en el manga para sobrevivir las tres últimas horas. A partir de ahora no mires demasiado el reloj. Los minutos no correrán tanto como tú en gimnasia y cada vez que veas el minutero en el mismo sitio que hace 5 minutos te dará un pinchazo en el costado. Corre al lado de tu amiga asmática con tus dos rodilleras puestas, con algo de suerte el profesor se compadecerá y pitará 30 segundos antes de tiempo. Esos segundos serán la delgada línea entre la vida y la muerte. Mientras ejercitas tu cuerpo ve preparando tu mente para el examen de la hora siguiente. Cuando te repartan el bendito examen de inglés exclama: ‘Y pensar que la gente paga por dilatarse la oreja con exámenes así….’ Cuando la pseudopersona que parece que habla en reptiliano te pregunte que qué has dicho dile que quieres un folio. Pedir un folio es la clave para que tu profesor respire tranquilo con una sonrisa de oreja a oreja. Las próxima hora será una lenta espera al bocadillo de nocilla que mamá te ha preparado. Disfrútalo, la hora siguiente lo echarás de menos. Que se trate de tu asignatura favorita y tu profesor más sexy paliara el hambre y el sueño. El frío no. Descubrirás que tu profesor sexy tiene una verruga no sexy y gigante en la mano que acaba de apoyar en tu cuaderno para resolverte una duda. Nunca podrás mirar al ácido ortofosfórico con los mismos ojos. Llega tarde a la siguiente clase, tu profesor de Filosofía te pedirá que te quedes reflexionando acerca de la evolución cultural en el pasillo. A última hora tienes Lengua. Te gusta pero la hora que es te hará desvariar un poco. Cuando la profesora escriba P.N. bajo la cajetilla de análisis sintáctico exclamaras: ‘PENE’ con un torrente de voz que ni tú misma esperabas. Todos te mirarán, algunos con cara de póker, otros riéndose y tu profesora con esa cara que sabes que ha puesto, siempre la pone cuando quiere que sepas que esperaba más de ti.  Tu compañero de mesa colocará su mano sobre tu hombro en señal de consuelo. Limítate a mirarte la mano, coge el boli rojo y rodea ESPECIALISTA cuantas veces sea posible.

-De hoy no pasa.
Ríete. Dite a ti misma que has intentado tomarte un lunes con filosofía, aunque haya sido desde el pasillo en reflexión…y sonríe. Que nadie lo entienda. 

Padres, zapatos y bolígrafos sin tinta


-Nunca tires nada que pueda servirte en un futuro.- me decía mientras se desataba los cordones de unos Fluchos sin estrenar que había comprado hacía dos años.
-¡Oye, papá! ¿Tienes algún boli azul que pinte?- gritó mi hermano desde el salón.
-¿Ves lo que te digo Pilar? Hay que ser previsor y nunca previsible.
Me hizo pensar como tantas otras veces mientras le ponía cara de no prestarle ni un mínimo de atención. Así es mi padre, casi no habla pero cuando habla lo suelta todo en una frase y luego vuelve su silencio. El silencio que rompe silencios al unirse al mío.
Cuando abrió la caja de los bolis azules que pintan lo entendí, había que llevar siempre los Fluchos bien atados, por si en un momento dado, había que salir corriendo.’

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-Es que eres como tu padre, igualita.- me decía mi madre mientras yo intentaba cuadrar mi semana de exámenes, trabajos y médicos. Y tenía razón, si algo quedaba suelto no podía empezar a hacer nada, planificación y acción, orden interno y pocos cambios.
Ella no era así, no pensaba como nosotros, no creía que fuera posible tener todos los cabos atados, creía más bien que cada cabo necesitaba un lazo distinto y que eran las circunstancias las que marcaban los tiempos.
Mi madre no sabe dónde están los bolis azules que pintan pero en cinco minutos va a la papelería y viene con uno nuevo.
Nosotros siempre seremos de adaptar el suelo a los zapatos que llevemos atados y bien atados y ella, como su padre, como mi hermano, de elegir calzado según el tipo de suelo que toque pisar. 



La magia del primer amor

Carlos y Marta llevaban algún tiempo viéndose. Yendo de aquí para allá juntos. Riéndose como sólo ellos entendían. Compartiendo miradas que hablaban por sí solas. Sintiendo que el mundo era suyo cuando estaban juntos, que aquello que sentían en el estómago cuando sabían que iban a verse era muy fuerte. Pensando que lo que existía entre ellos era demasiado grande como para tener fin… cuando la suma de sus edades no llegaba a treinta.
- Tú no estás bien…
-Ya.
-Anímate tonta.
-Anímame tú.
-Pero yo no soy animador, yo soy mago.
-¿Ah sí? ¿Y qué magia haces tú?
-Espera, no te muevas,  tienes algo ahí.
-¿Qué tengo? ¿Dónde?
-Debajo de la nariz.
-¿Qué tengo? ¡Quítamelo, Carlos!
-No me lo perdonaría, es una sonrisa preciosa… ¿Ves como hago magia? Me anticipo a los acontecimientos.
-¿Ah sí? ¿Y ahora qué va a pasar señor mago?
-Ahora querida ayudante debe mirar el reloj y recordar bien la hora que es porque me dispondré a parar el tiempo.
- Las 18:08…sorpréndame.
-Pequeño contratiempo… al señor mago le ha entrado algo en el ojo. Corre, ¡sópleme!
-¿Se quita?
-Un poco más cerca y sople un poco más.
-¿Ya?
-Un poco más.
-¿Cuánto más? ¿Esto forma parte del truc…?
Marta no pudo decir nada más, al menos hablando.



Durante mucho tiempo fueron siempre las 18:08. Un primer beso mágico paró el tiempo para Carlos y Marta.